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23.09. 2013

Kenia: masacre en Nairobi

Un soldado de la Unión Africana vigila un búnker con armas. ©Tobin Jones/AU-UN IST/AFP

Por Javier Aisa.
Periodista especializado en actualidad internacional (Espacio REDO).

Este país del África Oriental es mucho más que las playas de Mombasa, los safaris en los parques nacionales de Aberdare y en los lagos Bogoria y Naivasha y las visitas a la granja de Karen Blixen en la ladera de las colinas de Ngong. A pesar de su desarrollo económico (4,5 % de crecimiento), padece la pobreza y la inestabilidad política. También se ubica en su territorio el campo de refugiados de Dadaab, en el que se hacinan en durísimas condiciones de vida alrededor de 500.000 de personas, huidas de Somalia, en cuya guerra Kenia está implicada directamente.

La matanza en un centro comercial de Nairobi no es una sorpresa.  A lo largo del año pasado se sucedieron al menos tres atentados importantes: contra un hotel de capital israelí, en Mombasa; varias iglesias cristianas en Garissa y una estación de autobuses, asimismo en Nairobi. Un total de 33 personas asesinadas. Por tanto, Kenia es un objetivo claro de los grupos extremistas del yihadismo violento, local e internacional, desde hace tiempo. Es imposible olvidar el estallido de un coche bomba en la embajada de EE.UU. , en agosto de 1998, -sincronizado con otro en Tanzania- que causó una carnicería de 213 muertos.

Esta vez, los terroristas han irrumpido espectacularmente en las noticias y han demostrado a las potencias occidentales y africanas desplegadas en el Cuerno de África que todavía no han sido derrotados.

El asalto actual no obedece a una acción  puntual, sino a una estrategia de mayor alcance protagonizada por las milicias radicales Al Shabab (la Juventud) en el contexto del conflicto bélico de Somalia.

El propósito de los insurgentes contrarios al gobierno de Mogadiscio puede ser doble. En primer lugar, demostrar a Kenia que su participación con un ejército de 4.000 soldados en el contingente de la Unión Africana (Amisom) en Somalia sólo genera riesgos y desastres. Y una segunda intención: ampliar la lucha armada a un país vecino, al igual que en África Occidental y el Sahel. Todos los grupos ultra-reaccionarios de esta geografía, que reivindican un islam dogmático y violento, han tejido una red cada vez más tupida y extensa.

Kenia todavía no ha logrado fortalecer la democracia. Hace seis meses Uhuru Kenyatta (hijo del padre de la independencia Jomo Kenyatta) consiguió la presidencia con un 50,07% frente al antiguo primer ministro Raila Odinga, el 49,3%, que inmediatamente denunció un fraude electoral. Posteriormente, el Tribunal Supremo ratificó el triunfo de Kenyatta. Sin embargo, durante todo el proceso electoral, los dos candidatos han atizado la polarización étnica y cultural (Kenyatta, kikuyu, 22% de la población; Odinga, luo, 13%) para conseguir más votos, a pesar de que la Constitución de 2010 pretendía evitar esta instrumentalización.

El recurso a la exclusión identitaria es habitual en África cuando se trata de ocultar el empobrecimiento, la corrupción y los abusos de poder.

Por otra parte, también podría desaparecer el capítulo VI de la carta magna, que alude a la integridad de los dirigentes políticos. Precisamente, el presidente y su vicepresidente, William Ruto, han sido acusados ante el Tribunal Penal Internacional de crímenes y violaciones de los derechos humanos por su relación con los graves disturbios de 2007-2008 en pleno período electoral, cuyo balance fue de 1.000 víctimas mortales y 300.000 refugiados. Las autoridades kenianas han decidido no aceptar la jurisdicción internacional.

Otra alerta necesaria sobre Kenia es – por ejemplo –  que los salarios sus parlamentarios pactaran en junio que sus salarios alcanzaran los 4.600 euros mensuales, el doble con las dietas. Igualmente, que grandes superficies comerciales, destinadas a las élites del régimen y a los turistas extranjeros, como en la que se ha producido el ataque, se edifiquen al lado  de barrios miserables, llenos de basuras, sin agua ni electricidad. Este despilfarro escandaliza cuando el 43,37% de la población apenas puede disponer de 36 euros al mes y el 10% padece malnutrición.

Decenas de policías apostados en el centro comercial (Kenia). ©A.P.

En los 20 años que dura el conflicto de Somalia algunos políticos kenianos han hecho buenos negocios con varias de las facciones somalíes. Después de dos años de conversaciones entre Etiopía, Uganda y Kenia, la incursión comenzó en noviembre de 2011, apoyada logísticamente por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Su objetivo era crear una zona de seguridad de 100 kilómetros de ancho en Jubland, área geográfica en el sur Somalia, que llega desde el lado fronterizo de Kenia hasta el mar. De esta manera, su empeño era impedir la infiltración de las guerrillas Al Shabab. Tampoco se debe obviar la ambición de Kenia por obtener el reconocimiento como actor regional privilegiado, en competencia y alianza con Etiopía – invasor también de Somalia en 2007 – máxime después del fallecimiento del dictador de Addis Abeba, Melas Zenawi, en agosto de 2012.

A pesar de haber ocupado el puerto de Kismayo, baluarte de las milicias, la campaña bélica no ha sido muy afortunada para Nairobi.

A las cientos de soldados muertos, se suma que la violencia se ha trasladado definitivamente a este país y amenaza su despegue económico, basado especialmente en el turismo, cuyos ingresos llegan casi a los 1.000 millones de dólares al año, un 63% del PIB. Frente a Kenia, como potencia intervencionista, Al Shabab recurre de nuevo al nacionalismo somalí para reclutar más partidarios en la provincia nororiental de Kenia. Allí, el 64% de sus 200.000 habitantes pertenece a varios clanes somalíes. Esta región también sirve de retaguardia militar, campo de entrenamiento y zona franca para intercambios financieros destinados a comprar armas y suministros.

Es verdad que el gobierno de Mogadiscio y las tropas de la Unión Africana han arrinconado en el extremo sur a los grupos de Al Shabab. Pero no es menos cierto que la táctica de ataques móviles mediante atentados terroristas en el interior de Somalia y de Kenia refuerza las bazas de los extremistas. Decididamente, en Al Shabab – neutralizadas las disputas internas por su integración en Al Qaeda desde febrero de 2012- Ahmed Abdi Godane ha proclamado la yihad global y Al Qaeda ha ganado espacio estratégico. La prueba es la masacre en el centro comercial de Nairobi.

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