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10.12. 2013

Mandela en el paraíso

Mandela durante uno de sus mítines

Javier Aisa Gómez de Segura. Periodista especializado en actualidad internacional (Espacio REDO)

“No soy un mesías, sino un hombre como los demás” señaló Mandela en uno de sus discursos. Conocía su capacidad de seducción y la utilizaba en público para exponer mejor sus principios y mostrar su autoridad; si bien Mandela ganó cada vez más valor por su sencillez, optimismo, esfuerzo y tenacidad. Personas, instituciones y grupos diferentes y contrario glorifican su humanismo, diálogo y resolución pacífica de los conflictos, que se convierten en universales, aunque solo sea en el instante de su muerte. Sin embargo, todavía persisten apartheids mantenidos por muchas autoridades que asistirán a su entierro, a los que Mandela se habría opuesto.

Madiba ha sido primero un resistente, líder de uno de los movimientos de liberación más importantes de África, el Congreso Nacional Africano (CNA), en lucha – incluso violenta después de la masacre de Sharpeville en 1960 – contra el imperialismo colonial. Un activista desde la tribuna y la cárcel contra el segregacionismo racista de los dominadores blancos, en un país mayoritariamente negro, que imponían la dictadura política y económica, particularmente agresiva, y defendida por las potencias occidentales durante la guerra fría.

Pixley Ka Isaka, uno de los fundadores del CNA, en enero de 1912, proclamó que Sudáfrica era un solo pueblo. Mandela rebasó su procedencia clánica thembu y su etnia xhosa para alcanzar un nacionalismo sudafricano, que agrupara a negros, indios, mestizos y blancos de origen británico o afrikaner, en una democracia ciudadana igualitaria. Mandela opinaba que su apego a África y la voluntad de supervivencia unía a muchos de ellos.

Con inteligencia política y la legitimidad de ser una víctima de la represión, Madiba superó la incomprensión de un sector del CNA, que aspiraba el poder negro únicamente, y aplicó el lema “conocer al adversario, ponerse en su lugar, convencerle de que el cambio era imprescindible y buscar un consenso en común”. En todas las negociaciones con los blancos demostró constancia, firmeza y, además, pragmatismo.

 El régimen racista no cayó solo por el impulso de Mandela. La presión de las movilizaciones de la población negra fue esencial en el interior y, desde fuera, el embargo y el aislamiento del gobierno de Sudáfrica

El momento era adecuado: la desaparición del enfrentamiento entre la Unión Soviética y los estados occidentales y un reajuste de las alianzas internacionales. Su estrategia política evaluaba con realismo la situación. Para el CNA y la mayoría de su aparato político, organizaciones sociales y sindicales – con el liderazgo de Mandela – la prioridad era la pacificación y la reconciliación para evitar una represión mayor y la consiguiente reacción violenta de sus partidarios y de otros grupos, y conseguir así la democracia. Los dirigentes blancos advirtieron que mantener el separación entre blancos y negros podría provocar una insurrección larga y sangrienta y la posible pérdida del monopolio económico. Prefirieron aceptar la democratización y la conclusión de la segregación racial, aunque entregaran el poder político. Se logró un pacto a favor de la ruptura del apartheid, las elecciones libres, la creación de instituciones democráticas y el deseo de mejorar las condiciones de vida de la población negra.

El acuerdo no fue  completo ni integró a todos. Por el camino quedó Steve Biko (asesinado por la policía en una comisaría de Petroria en 1977) dirigente del movimiento Conciencia Negra, mucho más crítico con los blancos. Asimismo, Mandela optó por el posibilismo en vez de la ideología en los planes económicos: no se procedió a un reparto más equitativo de la tierra y en 1996 comenzó el programa de liberalización total del mercado. No obstante, se pusieron en marcha algunos derechos económicos: viviendas sociales, avances en educación, salud, electricidad y agua y un programa de seguridad social.

El presidente Jacob Zuma durante la conferencia "Nelson Mandela" en Limpopo. (Gallo)

Jacob Zuma, presidente de Sudáfrica y líder del CNA, pretende recuperar  popularidad con el llamamiento a la unidad y su aspiración de encabezar el legado de Mandela

Ambicioso y provocador, nunca puede representar el estilo afectuoso y pacificador de Madiba, por más que éste le respaldara, para no ofrecer la imagen internacional de una Sudáfrica con disputas internas. El presidente suscita numerosas críticas porque sus decisiones económicas incrementan el empobrecimiento. También porque maneja el Estado con un autoritarismo que ha intentado obstaculizar la libertad de expesión, con dos leyes coercitivas contra la prensa escrita y electrónica. Mandela pertenece a la historia. Es un patrimonio universal, pero especialmente del renacimiento de África, cuyo protagonista es ahora la juventud que se moviliza en Senegal, Angola, Ghana, Camerún…A ritmo de rap y mediante los móviles y las redes sociales denuncian la pobreza, la corrupción y el despotismo. Llevan camisetas con los rostros de otros iconos africanos rebeldes y contradictorios, como Sankara, por su honradez; Lumumba, por su sacrificio y también Mandela, por su resistencia contra el apartheid. Al mismo tiempo, en Sudáfrica, entre otros, los mineros de Marikana esperan aumentar sus salarios y que nadie dispare contra ellos y el campesinado del Estado Libre y del Cabo Occidental aguarda la reforma agraria. Quizá los pretendidos herederos de Mandela hayan olvidado sus reivindicaciones.

«Para saber más»

› Especial Mandela en Casa África
› Especial Mandela en GuinGuinBali

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